¡Tienen que aprobar a mi hijo!

Menuda sorpresa se llevó todo el grupo de maestros y maestras reunido durante una de las juntas mensuales de la escuela.

Luego de una irrupción súbita y hasta casi violenta, la madre de uno de los alumnos —sin reparar siquiera en que había interrumpido la sesión y que se hallaba prácticamente rodeada de todo el cuerpo docente—

reclamaba airadamente al director la aprobación inmediata de su hijo en la materia de Educación Física.

Situación  extraña ya que el alumno en cuestión no sólo no había generado problemas académicos o de conducta, sino que era de aquellos que contribuían persistentemente a elevar el nivel académico de la institución.

Más desusado aún el hecho de que padre y madre habían sido siempre colaboradores en todo aquello que desde la asociación de padres de familia se promovía para mejorar el funcionamiento de la escuela.

Más desusado aún el hecho de que padre y madre habían sido siempre colaboradores en todo aquello que desde la asociación de padres de familia se promovía para mejorar el funcionamiento de la escuela

Esa frase — “Tienen que aprobar a mi hijo en Educación Física” — sonaba a demanda que no pasaba por lo racional.

Luego de un rato de diálogo y con los ánimos más serenados, la madre del alumno continuó con los argumentos para su petición. Sin querer establecer una cita para tratar específicamente el asunto e incluso deseando contar con la presencia del conjunto de maestros, la indignada madre expuso sus planteamientos. En esencia eran dos:

  La Secretaría tiene prohibido que los niños reprueben, todos tienen que pasar.

  La materia de Educación Física no tiene ninguna importancia. Si fuera una de las importantes lo entendería, pero… ¿Educación Física?

Con toda prudencia el director de la escuela se negó a dar alguna resolución hasta no haber analizado el caso con detalle. Anotó los elementos vertidos por la madre de familia y ofreció una cuidadosa atención.

 

El rostro de cada uno de los presentes denotaba el mayor de los asombros, luego de que se restableciera la reunión del profesorado toda vez que salió la mamá. Tímidamente e incluso algo avergonzado, el maestro de Educación Física pidió la palabra. Su planteamiento fue el siguiente:

—Si usted lo desea, profesor, podemos subir la calificación: en realidad mi materia no es tan importante y ese muchacho es un buen alumno en todo lo demás.

Se elevó un murmullo; de aprobación por parte de algunos y de severa crítica por parte de otros. Inesperadamente, la junta mensual se veía enriquecida por una temática pocas veces abordada, pero de enorme importancia para la concepción que se tiene de educación y formación.

El director consideró que el momento era propicio para establecer un sustancial intercambio entre los miembros de su equipo escolar.

 

Los datos fríos eran los siguientes:

  Ángel era un estudiante con promedio que nunca bajaba del 9.5.

  Trabajador, responsable, participativo, serio y formal.

  Hijo de padres universitarios dedicados a la docencia y a la investigación.

  Sociable, adaptado al ámbito escolar y buen colaborador con sus compañeros.

  Altamente aficionado a las actividades intelectuales, pero con una gran apatía hacia todo lo que implicara un esfuerzo corporal.

  Evasor persistente de la clase de Educación Física, con cierta torpeza corporal y alguna tendencia al sobrepeso.

Evidentemente, todos los maestros y maestras deseaban participar en el debate. Lo inesperado de la situación hizo que el principio fuese un verdadero caos, la torre de Babel en todo su esplendor.

Argumentos iban y argumentos venían, cual fuego cruzado, hasta que el profesor de Civismo propuso un orden para la discusión.

¿Es real que no se puede reprobar?

Pasmoso fue encontrar cómo algunos docentes no sólo compartían la opinión de la madre de familia, sino que además estaban convencidos de que aprobar a los alumnos era una de sus obligaciones ineludibles como maestros del ciclo de educación básica. Aunque, claro, ninguno pudo señalar que en algún momento hubiesen recibido una instrucción directa en este sentido, ni que conociesen documentos en los que así se asentara un mandato semejante.

Otro sector, el más ubicado, habló de un propósito educativo. Ese no dejar a la deriva a los estudiantes que tenían problemas en sus aprendizajes. Prevenir en vez de lamentar.

Bajo esta perspectiva, las cosas cambiaban sustancialmente. No era un “aprobar” pase lo que pase, sino un cuidar, conducir y orientar a lo largo de todo un año escolar. Rectificar a tiempo, establecer estrategias correctivas, apuntalar.

Confrontar puntos de vista modificó la visión de más de uno. Poner una nota aprobatoria dejaba de ser una derrota ante un potencial fracaso escolar; con una perspectiva modificada, era victoria para el maestro como facilitador de un proceso.

Se valía reprobar, pero lo meritorio era lograr que el alumno con su desempeño lo hiciera innecesario.

Trabajar para el éxito era mucho más útil y valioso, que simplemente consignar el fracaso.

¿Es verdad que existen materias de primera y de segunda?

Este punto del debate fue verdaderamente apasionante.

Para algunos de los profesores, su materia era la central, la única, la indispensable. Independientemente de cuál fuera, el mundo sólo podía entenderse a través de ella; toda academia o campo de conocimiento adicional sólo era complementario y marginal.

También hubo posturas que pecaron de humildes. Maestros y maestras que, en un exceso de condescendencia, opinaban que su materia era de poca importancia real, al menos para lograr todos los objetivos del ciclo educativo.

Quizá el único consenso pleno, fue aquel que le otorgaba a las matemáticas un lugar especial. Claro que hurgando un poco más y abundando en los argumentos, resultó más el fruto de un temeroso respeto ancestral a la materia.

Poco a poco la discusión se fue asentando y cada uno de los académicos habló de las carencias y las faltas en su propia formación. Ciencias biológicas que se hubieran visto enriquecidas con algo de humanismo. Ciencias duras que habrían requerido un poco de menos abstracción y más contacto con el mundo real.

Salió a la luz ese ideal de desarrollo integral, de individuo completo que se constituye en lo físico, lo afectivo, lo intelectual y lo social.

Si el alumno aprobó o no, es cuestión secundaria. Anécdota tal vez para acompañar una taza de café durante alguno de los descansos.

Lo importante, lo trascendente, fue ese discutir, intercambiar y modificar puntos de vista. Ubicar el propio quehacer como maestro o maestra en un proceso que, de suyo, debe ser siempre integral.

 

 Fuente: Sepiensa. org. mx

 Autor: Profesor Ramón Cordero G.

 

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